PERSONAJES DEL LIBRO

EL TONCHINES Y EL PAELLA

El Tonchines era alto –pero a mí casi todo el mundo me lo parece–, flaco, la cara huesuda y el pelo rizado; hablaba y se agitaba constantemente. El Paella conservaba un peso algo más saludable pero el hígado le pasaba factura haciendo brotar en su piel una concentración de granos venenosos que explicaban su mote. Se movía con la pausa y el fuste de algunos rellenitos y hablaba poco y despacio. Sus ojillos, pequeños, perdidos detrás de unos mofletes en constante erupción, tenían una frialdad primitiva que daba mucho miedo, mucho más que la finta constante del Tonchines.

LOS ESBIRROS

A la cita acudieron también los dos pollos que tenían que venir conmigo. Eran un auténtico cuadro. Uno, muy flaco y con la nariz enorme, los pómulos afilados, los ojos inquietos y saltones y el pelo rizoso, se agitaba y hablaba constantemente. A la cuarta frase nos contó orgulloso que era ex-guardia civil expulsado de El Cuerpo por haber sido descubierto en repetidas ocasiones “de marrón”. El otro, que apenas hablaba, era estrábico, hierático y no sé porqué me recordaba a John Wayne. Llevaba el pelo, rojo, fuerte e hirsuto, engominado y peinado hacia atrás en lo que se convertía en una especie de casco rojo desteñido.

ROMÁN ARMENDÍA

Supe quién era cuando le vi desde el autobús esperándome en la dársena de la estación. Me recibió con un sentido abrazo. Debía tener cuarenta y pocos, era alto, de movimientos rápidos y quebrados, agitaba los brazos mientras hablaba sin pausa con un acento medio local medio de España. Sus ojos inyectados en sangre delataban el apego a la mota y el aliento le olía a cerveza. Amable hasta el empalago, intentando lucir dinámico y juvenil, me sentí sobrepasado por su intensidad y su histrionismo desde el primer momento.

CAPITÁN D’ARJANCE

Con la última luz llegaron mis jefes. Cuando se acabaron de duchar y adecentar nos sentamos en el porche a esperar la cena. El Capitán se puso una guayabera blanca impoluta, lucía un bigotito fino que no aparecía en la foto, tenía maneras delicadas y hablaba pausadamente. Estaba retirado, pero, acostumbrado a la acción, escapaba del aburrimiento que le producía vivir en el Distrito pasando largas temporadas al cargo de su rancho en la selva.

LICINIO

“Lisi” era pequeñito, ágil y fibroso como un jaguar. Tenía la piel muy clara y los ojos de un azul extraño para esos pagos, hablaba despacio, midiendo las palabras, utilizando un castellano antiguo y lleno de fundamento. Con un montón de esfuerzo y con muy buenas notas, había conseguido llegar hasta la Universidad desde la Escuela Pública de su comunidad: un ejido en la zona azucarera cerca de Palenque que tenía el honor de llamarse Emiliano Zapata. Cuando nos conocimos se costeaba los estudios trabajando para el gobierno en proyectos de ayuda a comunidades deprimidas de la zona cañera al sur de San Cristóbal… Tenía una gran colección de discos que conocía de memoria, ponía uno a todo volumen y cantaba tocando las maracas con mucho arte. Verle pelar una naranja a golpes de machete era un espectáculo hipnótico, aunque una enorme cicatriz en su mano izquierda y un par de dedos con la movilidad restringida daban fe de que nadie es perfecto.

MANUELA

…era una belleza en miniatura: piernas perfectamente torneadas, pies de Cenicienta, larga melena negra y enormes ojos también negros, inteligentes y dulces. Tenía una gran capacidad para querernos y cuidarnos a todos y gritaba con su voz de soprano intentando ordenar nuestro irremediable caos. Cocinaba rápido y rico a las horas más intempestivas agitándose con una velocidad apabullante.

BÁRBARA

…apareció una de las mujeres más bellas con las que he tenido el placer de hablar en mi vida. Era pequeñita, más o menos de mi estatura, con la piel tostada, tenía ojos azules y el pelo, casi blanco de puro rubio, cortado a lo Louise Brooks. Estaba descalza y vestía una bata corta de seda blanca sobre un traje de baño, traía un gatito en los brazos. Hablaba inglés con acento británico pero su nombre lo dijo como lo hubiera hecho una actriz en una película de espías del este, algo que sonaba como Bara-bara.

TINA

Era alta, de huesos largos y finos y con la piel muy blanca y el pelo rubio casi blanco cortado a cepillo. Debajo de los pantalones de manta blanca, que algo cortos dejaban ver sus tobillos de canario, reinaba con poderío un soberbio trasero, y debajo de la camiseta, también blanca sin mangas, unos pechos grandes y altivos… Se explicaba con pasión, paseando sus manos como pájaros blancos frente a mi entregada mirada con ademanes más propios de gente meridional. Cuando le faltaban las palabras en castellano recurría a una serie interminable de gestos histriónicos, algunos ejecutados casi rozando su nariz con la mía, que más que turbar su belleza le daban patente de inocencia.

SIGNE

…una noruega, muy grande, de carnes firmes y dulces, pelo rubio y ojos azules. Tenía una desinhibición y una entrega en el sexo que hasta conocerla me resultaban desconocidas y de las que intenté contagiarme lo más posible. Cuando estaba encima de ella había momentos en los que mi contacto con la cama desaparecía y tenía la sensación de cabalgar en un drakkar desbocado. Hablaba un español básico, que había aprendido en los seis meses que llevaba estudiando en Madrid, y poco a poco me enseñaba algo de inglés.

ANTONIO DO NASCIMENTO PIMENTA

Toni apareció a cámara rápida junto con una bocanada de frío. Se descalzó, se quitó unas cuantas capas de ropa hasta quedar sólo vestido con los pantalones –tenía el torso pálido y velludo– y se puso una bata de seda blanca mientras saludaba a todo el mundo. Sacó de un cajón una piedra de ágata pulida y una bolsa de la que vertió encima de la piedra una considerable cantidad de lo que supuse cocaína. Se encaramó como un mono a una silla y, después de cortar el polvo, veloz y preciso, con la cuchilla de un cúter, hizo generosos tiros para todos…. era el alma de la fiesta: fumaba un par de caladas de uno de los varios Gitanes que había ido encendiendo y que había dejado humeantes en los ceniceros repartidos por la habitación, de repente daba un salto para trepar a otra silla, darse una vuelta por la habitación o dejarse caer en el sofá; todo esto sin dejar de hablar, fumar de los Gitanes que había dejado encendidos por ahí y pasar por la mesa para hacer otro tiro de coca con su bata al vuelo.

MAILÉN

Tenía la melena castaña clara y muy rizosa, llevaba un vestido exótico estampado en verde y negro, largo hasta el suelo, con las mangas de vuelo y, por el generoso escote, se veía el principio de unos pechos orgullosos. El aire se agitaba a su alrededor. Cuando llegó frente a mí, me sonrieron los ojos más bellos que había visto… Su piel era de color canela claro y tenía la textura del mármol: olía a gloria…, llevaba puesta una boina que le daba un aire extranjero y antiguo. Me abracé a ella y se rió de mi preocupación con esa valentía ciega que siempre me subyugó, con su risa capaz de hacerla aún más bella… desató su fascinante energía moviendo sus rotundas curvas entre los puestos. Mi chica ocupaba mucho más espacio que su cuerpo, que no era pequeño. La suavidad y el color de su piel, los pómulos altos y anchos reflejaban la herencia indígena de su madre que, junto a la melena y a los ojos verde claro de su mitad europea, hacían que su belleza fuera exótica en todas partes.

GRAZIELLA

…era una belleza de tamaño reducido y curvas generosas y lucía un pañuelo en la cabeza que le daba un aire exótico; sin mirar a nadie y con la majestad de una reina llegó al centro del local y escogió una mesa… había sido modelo en Italia, no hablaba mucho y cuando lo hacía su conversación estaba llena de oscuras onomatopeyas, frases murmuradas en italiano y puntos suspensivos sin solución alguna… con su majestad habitual sacó su trasero por la ventana y encendió un cigarrillo mientras su chorrillo sonaba en el cemento de abajo… era una jugadora profesional y barajaba indolente y precisa con un cigarrillo entre los labios. El dinero cambiaba de manos durante un par de horas pero, en los últimos diez minutos, acababa siempre en las suyas.

MONA

…era pequeñita y delicada, y su piel se adivinaba suave, pero no era “una belleza”. Lo que me aleló al instante fue su movimiento lánguido y coqueto… en sus ojos había una sonrisa sugerente y traviesa que me hacía sentir un poco idiota… saltó a mi cuello y agitó sus preciosos piececitos con coquetería estudiada.

LINA

…entró la mínima expresión de la belleza subida a unos zapatos abiertos de tacón de aguja. Se quitó la chaqueta, se aupó a un taburete bastante alejado de mí, cruzó las piernas y pidió una copa. Llevaba un vestido corto y negro que, ceñido como una segunda piel y con el escote de palabra de honor, entonaba de maravilla con el pelo negro y brillante cortado a lo Louise Brooks… metió un trago digno de un estibador, cogió su bolso de mano de charol negro, saltó del taburete y se dirigió hacia los baños.. Era tan pequeña como perfecta. Varias pulseras de oro sonaban al tic-tac de su paso de jilguero y unos pendientes de perlas resaltaban en su piel oscura. Cuando pasó a mi lado me miró y sonrió educada, olía a gloria.. siempre con ropa y joyas caras y siempre sin avisar.

RENÉ ZIMZIK

…había nacido al norte de Alemania, casi en Dinamarca, y había trabajado en circos desde muy pequeño: tragaba fuego, comía cristales y hacía de payaso. El flamenco apareció en su vida siendo adolescente durante un viaje a la Camarga. Allí decidió ir a vivir a Sacromonte, el barrio gitano de Granada, para aprender a tocar; su estancia en aquellas tierras era la culpable de su divertido acento. Tenía seis años más que yo…. llevaba las uñas de la mano derecha, menos la del meñique, arregladas con pegamento y papel higiénico de diferentes colores para rasgar las cuerdas de la guitarra… Se puso una camisa azul celeste con lunares amarillos, un pañuelo rojo al cuello y salimos hacia ‘El Circus’.

ANTONIO EL COLORAO

…había pasado los treinta, era corto de estatura, de aspecto leonino, con melena rizosa pelirrojo encendido y barba que le llegaba al pecho, llevaba una camisa de la India de muchos colores, collares, anillos y pulseras.…me sorprendió con un “Dabuten tronco. Te lo dice uno del Foro”. Sus ojos eran de color miel y su mirada casi quemaba, nunca había conocido a nadie que tuviera tal aire felino… ejercía con gracia el papel de anfitrión y líder. Había vivido años en la India y de allí había estado llevando opio y caballo a Europa hasta que, harto de andar bailando entre el hábito y el mono, se había ido a Sudamérica con idea de alejarse del “dragón negro” y derivados. Había caído preso en Paraguay por asuntos de coca, pero había conseguido escapar con dos colegas atravesando la selva a pie. Después de mil peripecias había llegado a Brasil.

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